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lunes, 22 de julio de 2013

El representante judío del Vaticano

La historia verídica de un representante del vaticano, judío - por el Rab. Dr. Meir Lehman (1831-1890)

¿Conocéis, queridos lectores, a la dorada Maguncia? ¿Y la maravillosa corriente que serpentea entre los imponentes Alpes para luego abrirse paso a través de las fértiles y benditas tierras de las orillas, donde los dorados rayos del sol maduran los vinos más preciosos? ¿Conocéis la fuerte corriente que celebraron numerosos bardos? ¿No conocéis todavía la divina corriente del Rin? ¿No habéis viajado nunca sobre su espinazo o ni siquiera habéis mirado sus olas teñidas de verde pálido? 


¡Venid y observad esta corriente y los benditos campos a través de los cuales fluye; las bellas, grises antiguas y, a pesar de ello, jóvenes y frescas ciudades alrededor de las cuales corren sus aguas; la plateada Estrasburgo, la Colonia de hierro y la perla de todas sus ciudades: Maguncia, la dorada Maguncia! Queridos lectores, venid hoy hacia mí: quiero contarles una historia de la época gris; una historia que comienza y termina en Maguncia y que es verídica; una historia que durante ocho centurias se transmitió de boca en boca y de generación en generación. 


Maguncia no es sólo una hermosa ciudad; es también una urbe muy antigua.


Surgió en una época en la que el pueblo alemán aún no solía vivir en ciudades. Aquí, donde el Meeno confluye con el Rin, donde los montes conforman una cadena de campos fértiles y en las zonas aledañas se elaboran los vinos más finos -aquí fue el lugar donde los romanos fundaron poblados, donde Julio Cesar levantó un fuerte puente sobre el Rin, y donde Druso edificó una fortaleza gigantesca. 

También los hijos de Israel, que fueron expulsados de Eretz-lsrael, se establecieron aquí desde tiempo remotos e hicieron florecer una comunidad grande y numerosa que cuidó el preciado tesoro que el pueblo de Israel llevó consigo en el exilio - la sagrada Toráh de YAHWEH. 


Aquí, en esta ciudad vivieron, poco antes de comenzar nuestra historia, las dos personalidades judías más relevantes de Alemania, las que con profunda abnegación y devoción enseñaron la Toráh a cientos y miles de alumnos; fueron ellos: Rabeinu Meshulam Hagadol (el grande) y el mundialmente conocido Rabeinu Gershom, "Maor Hagolá" (Luminaria de la Diáspora), -el faro que iluminó al pueblo judío en el exilio. Se trata del mismo Rabeinu Gershom, que promulgó la prohibición de casarse con más de una mujer, con lo cual contribuyó a purificar la vida familiar judía. 


El trono rabínico de estas dos celebridades fue ocupado por un digno heredero de su grandeza: el conocido poeta religioso Rabí Shimón, a quien se le agregó luego el título "Hagadol"; sus sublimes poemas litúrgicos, que son un cántico de alabanza a Elohim, no habían sido incluidos, todavía, en el ritual de tefilot para las festividades judías. Rabí Shimón era muy joven aún y, sin embargo, su gran capacidad, maestría y profunda versación lo elevaron a la categoría- de rabino y jefe de la comunidad judía más destacada de la Europa de aquellos días. 


Rabí Shimón estaba sentado en su estudio, pensativo. Recién se habían ido sus alumnos, los grandes libros estaban todavía sobre la mesa; ante él se encontraban, desparramados, varios tratados del Talmud babilónico; nada de esto, empero, ocupaba su mente. Se encontraba en su estado de sublime inspiración. Sus ojos brillaban y sus labios se movían imperceptiblemente. La mano escribía lo que sentía el corazón, la mente reflexionaba y los labios murmuraban. 


Estaba creando el maravillosamente hermoso y excelso poema litúrgico que serviría de introducción a las tefilot del segundo día de Rosh Hashaná. En este poema Elohim es glorificado como un rey que recuerda todos los sucesos y para Quien suena el shofar. El idioma era admirable y adecuado grácilmente a los pensamientos, como una verdadera vestidura; la rima se cerraba con naturalidad y las estrofas estaban ordenadas de acuerdo al alfabeto hebreo. A todo esto el nombre del autor estaba artísticamente entrelazado en el poema. 


Recién había terminado su maravillosa creación y comenzó a revisarla con una sonrisa de satisfacción sobre sus labios. De pronto se abrió la puerta y entró un hermoso niño de cuatro años. La criatura se acercó con pasos silenciosos a Rabí Shimón y observó detenidamente el trozo de pergamino escrito. 


-¡Oh, papito, querido papito!- exclamó el niño con alegría. 

-Has escrito mi nombre: "El janán najalató benóam lehashpar" 

-siguió leyendo el pequeño con voz sonora, que causaba asombro en una criatura como él. Rabí Shimón sentó al niñito de cabellos rubios y ondulados sobre sus rodillas y le dio un beso sobre sus labios rosados.

-Sí, mi querido Eljanán, he entrelazado también tu nombre en mi poema. Tu nombre será recordado junto con el mío cuando los judíos le oren a Elohim en Rosh Hashaná con cálido fervor. Estas palabras que tan bien has leído aquí, ¿también las puedes traducir? 

-No a todas, papito: Elohim concedió su gracia a Su herencia con Sus amorosos conceptos". Hasta ahí puedo traducir. Pero ¿qué significa "lehashpar"? 

- Eso quiere decir: "para embellecerlo". Elohim concedió Su gracia a Su herencia, Su pueblo, a nosotros, los judíos, para hacer que nuestro destino sea querido y hermoso. El nos ha elegido entre todos los pueblos, para que le pertenezcamos. Cuando oigas alguna vez, mi hijo, pronunciar tu propio nombre, recuerda estas palabras mías. 


El pequeño sacó el pergamino de la mano de su padre y repitió muchas veces, con voz vibrante, las palabras: "¡El janán najalató benóam lehashpar!"


El padre lo contempló todo el tiempo con una sonrisa de satisfacción y llena de esperanza, y, además, con verdadero orgullo.

 
-Papito, -dijo Eljanán- ya aprendí de memoria las cinco palabras. ¡No las olvidaré nunca, nunca! ¡Y también recordaré para siempre lo que me explicaste recién! Emocionado por estas palabras el feliz padre abrazó a su hijo y lo apretó contra su pecho. 

En la casa de Rabí Shimón reinaban el dolor y la tristeza, pues Eljanán se había enfermado de gravedad. El padre y la madre estaban sentados junto a su lecho y lloraban. Margarita, la fiel criada de la casa, le daba de tomar al niño el remedio que había recetado Rabí Natán, el doctor.

 
El pequeño estaba muy afiebrado. Su frente ardía y él se sacudía de un extremo al otro de su cama. Por momentos fantaseaba acerca de sus amiguitos, o sobre sus padres, y al minuto llamaba nuevamente a la criada.


Cuando ésta se acercaba le daba un fuerte empellón para alejarla de si y comenzaba a gritar como si estuviese dominado por un terrible miedo. Al rato caía extenuado sobre la cama y se quedaba tendido por mucho tiempo. 

Después se volvía a incorporar bruscamente y gritaba a viva voz: "¡Eljanán najalató benóam lehashpar!" 

En ese mismo instante entró Rabí Natán, el médico. Con gran asombro escuchó la exclamación del niño y observó detenidamente a Rabí Shimón con una mirada inquisidora. 


-Es un verso de un poema litúrgico mío que compuse para Rosh Hashaná. Mi hijo entró de casualidad a mi estudio cuando lo estaba escribiendo y se alegró mucho cuando vio entrelazado en él su propio nombre -le explicó Rabí Shimón al médico-. 


Rabí Natán sacudió la cabeza. "Ya le he advertido muchas veces -dijo- que usted esfuerza a su hijo prematuramente. Los niños tan pequeños como él deben entretenerse sólo con juegos infantiles, hasta que su cuerpo se desarrolle lo suficiente."

 
Al finalizar su reproche se acercó al lecho del infante y sacudió nuevamente la cabeza: El niño está muy enfermo -dijo pausadamente- y debe ser atendido con mucho cuidado y esmero. ¡Esto durará uno! Nueve días más y luego vendrá el momento decisivo. De ninguna manera deberéis velar por él los tres juntos. Antes bien convendría que os intercambiéis, pues de lo contrario no podríais soportar la situación por todo el tiempo que fuere necesario. 


-Mi esposo no puede velar al enfermo - dijo la madre-. No duerme noches enteras, puesto que piensa, estudia y escribe sin descanso. Mi criada Margarita y yo cuidaremos de nuestro hijo en forma alternada. El médico se fue. Rabí Shimón fue llamado a su estudio, pues habían venido litigantes para someterse a un juicio rabínico. En el ínterin anocheció y Margarita le pidió a su ama que fuese a descansar por unas cuantas horas bajo la formal promesa de que le permitiría reemplazarla después de medianoche. "La madre no se sentía muy deseosa de separarse de su hijo enfermo, pero comprendió la necesidad de aceptar el pedido. Se acostó entonces a dormir para poder' después velar a su hijo con fuerzas renovadas. 


Y he aquí que Margarita se quedó sola a cuidar al pequeño enfermo.

 
-¡Pobre criatura! -se decía a sí misma mientras el niño era preso de un sueño inquieto- 


¡Pobre niño! Debes, lamentablemente, morir tan joven. Eres tan hermoso e inteligente, y a pesar de todo ni siquiera podrás acceder al Paraíso, puesto que eres un niño judío. ¡Y yo te quiero tanto, pero tanto! ¡Ojalá pudiera salvarte! 


Y Margarita comenzó a llorar amargamente y a lamentarse a viva voz, a tal punto que Eljanán se despertó y empezó a fantasear nuevamente. Margarita acarició al pequeño para calmarlo y hacerle tomar el remedio tranquilizante; el niño lo rechazó, sin embargo, alejándola. La servidora llamaba al niño con los nombres más cariñosos, besándolo; pero la criatura no se pudo calmar. 


En ese momento entró el padre y el niño se tranquilizó al instante, se sentó y exclamó: "¡El-janán najalató benóam lehashpar!" 


Rabí Shimón se inclinó sobre su hijo y lo cubrió de besos; las lágrimas comenzaron a derramarse sobre su rostro. El niño, empero, se tranquilizó cada vez más y cuando la madre entró a su recinto para reemplazar a la criada, ya la gravedad de la dolencia se había disipado. También el médico lo encontró, al día siguiente, en un mejor estado de salud; no dejó de insistir, sin embargo, en que recién al noveno día podría decidir si el peligro había sido conjurado. 


Era un domingo por la mañana. De la iglesia "Liebfrauen" había una multitud de cristianos. Sólo una pequeña parte de los feligreses se quedó en la iglesia para proseguir con sus oraciones. Entre ellos estaba Margarita, la criada cristiana de la casa de Rabí Shimón. Ella le contaba al cura Tomás acerca de la dolencia del niño al que cuidaba y de su tremendo dolor porque Eljanán iría al infierno, ya que era judío...


Más tarde, al salir de la iglesia, su rostro denotaba una gran alegría. ¿Cuál era la causa de su regocijo? ¿Se debía, acaso, a algo que el cura le había dicho? 


Eljanán seguía fluctuando entre la vida y la muerte. Se acercaba la decisiva novena noche de la enfermedad. La madre velaba ante su cama; Rabí Shimón, sin embargo, estaba sentado en su estudio y echaba un sueño ante una "Guemará" abierta. Parecía soñar con algo muy agradable, ya que sus labios estaban coronados por una sonrisa de satisfacción. Al despertarse cerró la "Guemará", entró corriendo al recinto donde se encontraban su esposa e hijo, y exclamó con júbilo: 

- ¡Beile! ¡Nuestro hijo no morirá!

 
Su esposa lo miró tremendamente asombrada; Rabí Shimón, empero, se sentó a su lado y siguió diciendo: 


- ¡Oh, Beile! ¡Escucha qué maravilloso sueño he tenido recién! ¡En él he visto el futuro'! Estando muy cansado me dormí ante una "Guemará" abierta. Las letras y las palabras danzaban ante mis ojos y adoptaban las formas de los significados de sus nombres. "Alef' estaba parada ante mí como un príncipe, con su báculo en la mano, dando órdenes a toda la multitud; la "Bet" se transformó en una hermosa casa, un verdadero palacio, como sólo pude ver en Italia; la "Guimel" extendió su cuello como un verdadero camello; la "Dalet" se convirtió en una esplendorosa puerta que daba hacia el ' palacio y una mano se mostró con el puño crispado. Era la "Iud". " "Pei"- se me presentó riendo, como una boca amistosa. " "Záin", por el contrario, se mostró amenazante, como si fuera un arma y toda la multitud pasó volando salvajemente ante mis ojos, asiéndome y arrastrándome hacia lo lejos, hacia un hermoso y soleado país. Aquí la "Bet" se erigió como un grandioso palacio a través de cuyas puertas pasamos todos hasta llegar a una sala ricamente ornada, en la cual había un sillón de oro sobre el que estaba sentado un gobernante vestido con ropas preciosas y con su testa adornada por una triple corona.

 
Alrededor del gobernante estaba parada mucha gente importante con las cabezas gachas en señal de sumisión y uno tras otro le fueron besando la mano; las letras, sin embargo, no se inclinaron ante él. Y cuando observé la cara del gobernante vi que se trataba de -nuestro Eljanán; al mismo tiempo, sin embargo, me asusté muchísimo: sobre su pecho colgaba una gran cruz de oro. Exclamé entonces, llorando: ¡Eljanán, Eljanán!" Y entonces el gobernante descendió de su trono de un salto, tiró la cruz dorada lejos de sí y se echó en mis brazos ampliamente abiertos, cubriendo mi rostro con cálidos besos.


Recién entonces, las letras nos rodearon a ambos y nos abrazaron, trayéndonos hacia este lugar llamado Maguncia. Aquí en Maguncia se levantó, en el lugar destinado a la feria, un gran trono con setenta y dos peldaños, tal cual nuestros sabios describieron el trono del rey Salomón. Sobre cada escalón estaban sentados leones dorados que rugían con voces estentóreas y águilas doradas golpeaban fuertemente con sus alas.
 
Eljanán se quitó la triple corona de la cabeza y la tiró lejos de sí, hasta el Rin, en cuyas aguas se hundió estrepitosamente. Después ascendió por los peldaños que conducían al trono. Los leones le lamían las manos y las águilas se echaban a sus pies. 


Cuando hubo llegado al trono descendieron del cielo multitudes de ángeles.


Uno de ellos tenía en sus manos una corona que parecía emitir rayos de sol, la que colocó sobre la cabeza de nuestro iluminado hijo, mientras los demás exclamaban con voz resonante: "¡Sea así tratada la persona a quien el Rey de reyes quiere honrar! -Y aquí me desperté, cerré la "Guemará" y vine a verte aprisa. ¡Créeme, querida mía, que nuestro Eljanán sanará, con la ayuda de Elohim! ¡El altísimo lo ha reservado para grandes cosas! -¡Hágase la voluntad de Elohim!- dijo la madre devota y se inclinó sobre el niño, que dormía plácidamente y respiraba sin dificultad. 

Cuando la criatura se despertó a la mañana siguiente, el médico Rabí Natán estaba sentado al lado de la cama. Durante un rato largo tuvo la mano del niño en la suya y después exclamó con voz entusiasta: ¡Baruj rofé jolim! - (Bendito sea el que cura a los enfermos, es decir, Elohim.) La crisis ha pasado y el niño está sano y salvo! 


Muchos días tuvo que guardar cama Eljanán después de haber pasado la crisis. Margarita lo cuidó con extraordinario amor y dedicación. Quien la hubiese visto podía observar que su actitud hacía el niño había cambiado radicalmente. También antes lo había querido mucho, pero ahora lo atendía con verdadera unción y éxtasis religioso. Casi no podía soportar que sus propios padres u otros familiares o conocidos se acercasen a él. Tenía celos de todos aquellos que se disponían a hablar con la criatura. La actitud de Margarita tampoco era un secreto para su señora. Pero todos los demás que habían observado este extraño comportamiento de la criada sostenían que era el resultado de un estado enfermizo producido por sus extenuantes esfuerzos durante la dolencia del niño.

 
La verdadera causa, sin embargo, de la extraña conducta de Margarita, era otra: Cuando le había contado ese domingo al cura acerca de su gran pesar por el hecho de que Eljanán, el hijo de Rabí Shimón, habría de morir sin poder librarse del infierno, el sacerdote le aconsejó que convirtiese al niño al cristianismo para que salvase su pobre alma. Margarita siguió su consejo y estaba segura de que sólo la conversión y ninguna otra cosa, había arrancado al niño de las fauces de la muerte. A partir de ese instante consideró al niño como un ser de su propiedad y todos sus pensamientos estuvieron orientados a encontrar la forma de arrancarlo de sus padres y educarlos como cristiano.

 
Entretanto se acercaba la sagrada festividad de Rosh Hashaná. 


Todos se dirigieron a la sinagoga para el toque del "shofar". Sólo Eljanán tuvo que quedarse en su casa con Margarita, ya que estaba aún convaleciente. 


Margarita abrió una entrada trasera de la casa, por la que penetraron unos cuantos individuos enmascarados, quienes tomaron al atemorizado niño. Uno de ellos alzó al pequeño desnutrido y debilitado y todos se fueron tan silenciosamente como habían venido. 


Margarita cerró con llave la puerta trasera. Después de transcurridos unos minutos, sin embargo, comenzó a arrepentirse de lo hecho. Estalló en un fuerte llanto, se tiró al piso y se arrancó de los cabellos, maldiciéndose a sí misma con las peores imprecaciones. Pero al mismo tiempo rebosaba de satisfacción y alegría al pensar que Eljanán ya era cristiano y que si llegaba a morir no se perdería en el infierno. Sin embargo, la conciencia la seguía atormentando...

 
Rabí Shimón y su familia volvieron de la sinagoga con el ánimo bien dispuesto y alegre. Pero apenas transpusieron el umbral de la casa encontraron a Margarita tirada sobre el piso, con la cabeza golpeada y la cara arañada.

 
-¡Elohim mío! -exclamó Beile- Margarita, ¿qué ha sucedido? ¡Levántate! ¿Dónde está Eljanán, mi hijo? Margarita no se incorporó ni contestó. Al instante enviaron por Rabí Natán, el médico; revisaron toda la casa, clamando por Eljanán -pero sin obtener el menor resultado. El médico vino y comprobó que Margarita había perdido la razón. Estaba inconsciente cuando la acostaron en la cama. Siguieron buscando, luego, a la criatura, pero todo fue inútil. 


La terrible noticia se difundió inmediatamente por toda la ciudad. Todos colaboraron en la búsqueda del niño. Se informó al alcalde y al arzobispo, y se revolvió cielo y tierra; se ofreció una gran recompensa y se enviaron mensajeros a todas las poblaciones aledañas, pero Eljanán había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra. La única que hubiera podido dar una información clara y precisa -no pudo recuperar la conciencia: Margarita había enloquecido y contestaba a todos los pedidos y preguntas con una sonrisa de insana. 


Cuando el "jazán" (Cantor litúrgico) comenzó a cantar, en el segundo día de Rosh Hashaná, el recientemente escrito poema religioso de Rabí Shimón, "El-janán najalató benóam lehashpar", el desdichado padre empezó a llorar amargamente y toda la comunidad lo acompañó en su propio pesar. Todos los ojos se humedecieron. Arriba, en el sector de la sinagoga destinado a las mujeres, Beile perdió el conocimiento y tardó mucho tiempo en Volver en sí. 


Después de finalizadas las tefilot, Rabí Shimón se había calmado lo suficiente como para consolar a su mujer. Su emunáh (fe) y devoción ilimitadas lo ayudaron a sobreponerse a su gran desdicha y Beile terminó consolándose gracias a la profunda emunáh (f)e de su esposo. Eljanán, no obstante, había desaparecido sin dejar el menor rastro. 


Los individuos enmascarados lograron llevarse furtivamente a Eljanán a la iglesia situada sobre el "Jakobsberg". El débil niño lloraba y se lamentaba continuamente. El cura Tomás, el verdadero responsable del secuestro, tenía a la criatura en su habitación. Eljanán volvió a enfermarse, y más gravemente aún que antes. Sin embargo, y gracias a los excepcionales esfuerzos del sacerdote, esa enfermedad sólo sirvió para ayudarlo a llevar a cabo su plan diabólico. Procuró al niño un cuidado excelente, hasta que su joven naturaleza se impuso y Eljanán comenzó a restablecerse poco a poco.

 
Después de largas fantasías febriles la criatura había recobrado el conocimiento, pero al mismo tiempo se borraron de su memoria los recuerdos del pasado. El cura Tomás se comportaba amorosa y delicadamente con el niño, al que llamaba "Félix". Y Eljanán aprendió a quererlo y a tenerle confianza. Cuando Félix se hubo restablecido del todo el cura Tomás lo llevó a Bamberg para instalarlo en la iglesia de Jacob. A los celosos investigadores de la desaparición del hijo del rabino de Maguncia ni se les cruzó por la mente buscarlo en ese lugar. 


"Félix" se había transformado en el niño mimado de los curas de la iglesia de Jacob. Le enseñaban lo que sabían y la maravillosa aplicación, la extraordinaria inteligencia y la notable memoria del niño fueron motivo de asombro para todos sus maestros. Al cumplir los siete años de edad Félix ya conocía tan bien la lengua latina que la hablaba sin dificultad y la escribía sin errores.

 
Eso era todo lo que el pequeño podía aprender en la iglesia de Bamberg. El prior, orgulloso del niño, lo llevó personalmente a Roma. También en esta ciudad provocó Félix el asombro de todos. Hasta se lo presentaron al mismo representante del Vaticano, quien lo puso en manos de los mayores y conocidos ministros del culto cristiano para su futura formación. En esa época el poder del Vaticano había adquirido una extraordinaria fuerza e influencia sobre la vida de la gente y los países. Príncipes y hasta reyes debieron doblegar su orgullo ante la voluntad de Roma, que amenazaba con la excomunión. 


El monje benedictino Hildebrandt, que poseía una ambición sin límites y era amigo de confianza del arzobispo Lorenzo de Amalfi, una persona de gran influencia, se interesó muy especialmente por el niño prodigio. Decidió entonces educarlo en su espíritu para convertirlo luego en su mano derecha. 


Y así fue criado Félix, en medio de tales aconteceres, en la densamente poblada corte del Vaticano, adquiriendo claros y profundos conocimientos en todas las ciencias y artes. 


Cuando Félix cumplió los 18 años de edad, su protector Hildebrandt accedió al trono del Vaticano bajo el nombre de Gregorio VII.

 
Había comenzado una época de mucho movimiento. Todos los ideales de vida que se había propuesto cuando aún era el monje Hildebrandt, los quiso llevar a cabo en su calidad de representante del Vaticano. Se propuso crear un fuerte poder teocrático; que el vicario, como representante del Vaticano, y de Dios en la Tierra, fuese el juez supremo no sólo en lo que atañe a asuntos eclesiásticos, sino también en todo lo concerniente al área política.


Para poder llevar a cabo este plan necesitaba un ejército poderoso que estuviese diseminado por todo el mundo. Y para integrar este ejército, el representante del Vaticano tenía puestos sus ojos en los numerosos clérigos que podían ejercer en todas partes una poderosa influencia. Ésta dependía, sin embargo, de las esposas e hijos de los gobernantes seculares, de los condes, duques, príncipes y reyes, y del emperador. Cuando estos clérigos estuviesen solos y aislados, como lo estaban, hacía ya muchos años, los monjes, y no debiesen preocuparse por esposa e hijos ni tener necesidad de depender de nadie, entonces buscarían y encontrarían en la Iglesia un único y poderoso aliciente. Estarían capacitados, pues, para esa organización a través de la cual la iglesia católica se convertiría en un solo cuerpo, a cuyo frente se colocaría el representante del Vaticano en Roma.

Este era el gran plan del representante del Vaticano, Gregorio VII, que lo llevó a promulgar el celibato (Prohibición, a los clérigos, de casarse, y los que ya lo habían hecho, debían separarse de sus mujeres.) ni bien ascendió al trono del Vaticano, un grito de protesta se extendió por toda la iglesia católica; miles de clérigos casados debieron separarse enseguida de sus mujeres y sus cargos debieron ser ocupados por monjes. En muchos lugares se produjeron rebeliones organizadas contra la orden del Vaticano; las protestas más airadas se dejaron oír en Alemania. Pero Hildebrandt-Gregorio no era hombre de dejarse desviar de su camino, que consideraba justo y útil. Envió, entonces, mensajeros a todas partes, quienes debieron velar, por las buenas o por las malas, porque su orden fuese cumplida. A su asesor más capaz, el joven clérigo Félix, le encomendó la más importante y difícil misión: apaciguar y someter a los clérigos alemanes. 


Félix llevó a cabo con éxito su misión. En cada lugar que visitaba lograba calmar los ánimos acalorados. Debido a esto, los clérigos superiores, obispos y arzobispos esperaban con impaciencia el día de su llegada. En todos los lugares Félix reunía a los sacerdotes, les proponía los grandes planes y las sanas intenciones del representante del Vaticano, les describía el luminoso futuro de la Iglesia y les demostraba cómo el espíritu debía independizarse del cuerpo para lograr los objetivos fijados. Su misión fue coronada por un éxito que superó todas las expectativas. 


Los informes de los príncipes alemanes de la iglesia, que habían sido enviados a Roma, alabaron hasta el cielo al nuncio del Vaticano. 


El representante del Vaticano, por su parte, sabía cómo recompensar a Félix por todos estos méritos acumulados. Mientras Félix estaba de viaje llevando a cabo su misión papal ascendía en la escala eclesiástica y era llamado para ocupar cada vez un cargo más importante, recibiendo un título de honor tras otro. 

Al mismo tiempo comenzaron a producirse disidencias entre el representante del Vaticano y el emperador. Debía entonces convencerse a los príncipes para que se separasen de su Káiser. Y también en este terreno Félix logró un éxito inusual que le fue largamente recompensado. Estando en Landshut (Baviera) recibió la noticia de que había sido designado obispo de Roberedo, con la observación de que no interrumpiese su viaje por Alemania. Dos años más tarde recibió en Trier la noticia de que había sido designado arzobispo de Ravena. Al año siguiente el 
representante del Vaticano le envió a Brunswick el capelo de cardenal. 


El joven clérigo Félix había escalado, a los veinticinco años, posiciones a las que sólo podían acceder contadas personas y sólo a una edad avanzada. 


Luego recibió del Papa la misión de viajar a la Alemania septentrional.
 
El obispo de Rosensburg esperó con impaciencia al enviado del Vaticano, el cardenal Félix. El emperador Enrique IV reunió a fuerzas amigas y derrotó a su contrincante, el emperador Rodolfo de Suecia. La estrella del 
representante del Vaticano Gregorio había comenzado a empalidecer y sus amigos y seguidores hicieron los mayores y desesperados esfuerzos para volver la suerte a su favor. Y he aquí que en Rogensburg se resolvió llevar a cabo una reunión de todos ellos. 


También el cardenal Félix se apuró a asistir a esa reunión. 


Cuando el cardenal había llegado a las inmediaciones de Rogensburg su vehículo se detuvo de improvisto. Un judío se había echado a lo ancho del camino y no dejaba pasar a los caballos. Félix ordenó traerlo ante sí.

 
-¡Salve a mi hijo, misericordioso señor! -exclamó el judío desesperado-. Me llamo Meshulam y vivo en Rogensburg. Durante mi viaje a Bamberg me asaltaron los siervos del caballero de la roca roja y me robaron todas mis pertenencias: mi dinero, mi mercadería y a mi hija Raquel. ¡Oh, misericordioso señor, apiádate de mí! Hace ya medio año que pido ayuda en todas partes, pero sin obtener el menor resultado. 


Y he aquí que escuché que usted es tan bueno, y amable con los pobres. En la ciudad no hubiera podido lograr encontrarme con usted; por eso vine aquí. 


¡Misericordioso señor, compadézcase de un padre desdichado! Félix le indicó al judío que entrase al vehículo y le preguntó sobre sus contratiempos. El caballero de la roca roja era un enemigo del emperador y mantenía abiertamente una disputa con el obispo de Regensburg, bajo cuya protección se encontraban los judíos citadinos. Pero el obispo tenía ahora otras cosas más importantes que hacer, que defender la causa de una joven judía.
 
Félix le prometió a Meshulam que lo ayudaría en todo lo que le fuese posible. 


En Rogensburg se habían reunido muchos príncipes, clérigos y notables seculares. Félix entusiasmó a todos con sus manifestaciones a favor del 
representante del Vaticano. Cuando el emperador comenzó su marcha hacia Italia estalló en Alemania una gran rebelión. Los seguidores del rey fueron totalmente derrotados. También la fortaleza de la roca roja fue destruida y Félix en persona devolvió a la doce añera niña Raquel a la casa de sus felices padres. 


De Regensburg viajó Félix a Bamberg. ¡Cuánta alegría hubo en la Iglesia de Jacob, cuando el por todos venerado cardenal Félix buscó, en compañía del obispo, al anciano prior de Sankt jakob y se presentó ante él como el niño enfermo de otrora! - Durante su estadía en Bamberg, Félix residió en esa iglesia, por lo que los monjes estuvieron muy contentos. Al encontrarse cierta vez cara a cara con el prior, aprovechó la oportunidad y le volvió a preguntar acerca de su origen. -Siendo yo todavía un niño de apenas siete años me trajo usted a Roma. Usted sabe, seguramente, venerado padre, de manos de quién me ha recibido. 


-Misericordioso señor- le respondió el prior un monje de Maguncia de nombre Tomás, lo trajo a usted aquí. Todo el asunto lo llevó a cabo de una manera muy misteriosa y nosotros no pedimos mayores detalles. Con frecuencia nos traen muchos niños que no sabemos de dónde provienen; los formamos como clérigos y ellos ni se preocupan por investigar su origen. Se me ocurre que es usted el hijo de alguna persona muy importante que quiere que su nacimiento permanezca oculto. El rostro del cardenal se ensombreció. La idea de que su origen debía ser conservado en secreto le resultaba intolerable. Durante muchas horas permaneció apesadumbrado, hasta que resolvió viajar en los próximos días a Maguncia y allí, en el preciso lugar donde según el prior se había desarrollado el hecho oculto, lo investigaría hasta que saliese a relucir la verdad. Esa misma noche, sin embargo, recibió una nota del 
representante del Vaticano, solicitándole regresar a Roma. 


Tuvo que renunciar, entonces, y por el momento, a su plan de búsqueda. 


En el transcurso de todo este tiempo el emperador obtuvo un triunfo tras otro.


Pasó victorioso por toda la Alta Italia, conquistó Roma y hubiera tomado prisionero a su enemigo, el representante del Vaticano, Gregorio, si no fuera por el duque normando Robert Guiscard, quien lo rescató de Engelsburg, donde estaba sitiado, y lo llevó consigo a Salerno. 

También ahora servía Félix fielmente al 
representante del Vaticano, su amigo y protector. No lo abandonó ni siquiera en la desdicha y lo acompañó en el exilio. Pero la salud de Gregorio se quebró por las grandes aflicciones que había sufrido, y fue minada por una grave enfermedad de la que no se restablecería. El representante del Vaticano Gregorio pronunció, antes de expirar, las siguientes palabras: "Amé la justicia y fui enemigo de la maldad; por esta causa muero en el extranjero -en el exilio!" 


Antes de su muerte reunió a sus seguidores, a quienes expresó su deseo de que Félix fuese su sucesor. Después del deceso del 
representante del Vaticano Gregorio, los cardenales regresaron a Roma y cumplieron su última voluntad: bajo el nombre de "Víctor III" el joven Eljanán, actual cardenal e hijo del rabino de Maguncia, rabí Shimón el Grande, ascendió al trono del Vaticano. 


¡Qué dichosos se hubieran sentido miles de cristianos de ocupar el lugar del joven 
representante del Vaticano de treinta años! Era la cúspide del poder y del honor lo que había alcanzado el nuevo representante del Vaticano electo. 


Los príncipes más poderosos besaban sus pies; reinaba sobre emperadores y reyes, y gran parte de la humanidad estaba echada sumisa a sus pies.
 
Pero el joven 
representante del Vaticano no era feliz: le faltaba la emuná (fe) en lo que él mismo predicaba y enseñaba. El temor reverenciar, la anulación de su propio honor por todo aquello que le habían enseñado a considerar como sagrado y caro lo habían abandonado hacía ya mucho tiempo. Conocía demasiado y muy profundamente la vida mundana y las pasiones humanas que dominaban a la misma corte del Vaticano de aquella época, para que se dejase encandilar por todo aquello que atraía a las multitudes.

 
Por esta razón dedicaba largas horas al estudio de la Biblia en su idioma original, conocimiento del que contados estudiosos cristianos podían ufanarse en aquellos días. A la Biblia en hebreo acudía en momentos de gran excitación y de terribles torturas de conciencia, buscando en aquélla consuelo y sosiego.


El representante del Vaticano, Víctor, no creía en los misterios de la iglesia católica. La seria reflexión lo llevó al convencimiento de que la esencia del cristianismo fue tomada de los libros sagrados de los hebreos. Su instruido espíritu filosófico no le permitió rechazar la creencia en el único Elohim, tal como lo proclama la religión judía.
 
Oigamos ahora las palabras del 
representante del Vaticano en su despacho privado, donde está sentado en soledad frente a la Biblia hebrea: 


Sh'ma, Yisra'el! -lee en silencio- "YAHWEH Eloheinu, YAHWEH ejad" ¡Escucha, Yisra'el! YAHWEH nuestro Elohim, YAHWEH uno es! 

Oh, esto me conmueve y penetra por todo mi ser, como un recuerdo de antiguos tiempos!.

Casi adjudicaría este sentimiento al auténtico recordar y estoy por creer que procede de acuerdo a la enseñanza de Platón, de aquel entonces, cuando aún antes de nacer y sin hallarse todavía unido al cuerpo, el espíritu revisaba las "ideas' en las alturas celestiales, y que, la fórmula recién leída fluye de las profundidades de mi alma. ¡Oh, quien puede dilucidar este enigmas Pero ¿por qué me atormento investigando cuestiones metafísicos ¡Ni siquiera puedo descubrir el secreto de mi propio nacimiento!.-
 
¡Escribiré a Maguncia para averiguar sobre el clérigo Tomás! 


El 
representante del Vaticano se hundió en sus pensamientos, los que fueron interrumpidos por la entrada de un criado. 


-¡Santo Padre! -dijo- Un monje alemán quiere conversar con usted acerca de un asunto muy importante. ¡Sólo con el Santo Padre y con ningún otro! -¿De qué ciudad es, de qué Iglesia, y cómo se llama? -Dice que se llama Tomás y es de Maguncia.


Un padre de la orden de Sankt Jakob. -¡El padre Tomás de Maguncia -exclamó el representante del Vaticano con gran asombro. ¡Hazlo pasar al instante, procura que estemos solos y que nadie nos interrumpe!
 
Al entrar el padre Tomás, el 
representante del Vaticano temblaba. 


Habían pasado ya veintiséis años desde aquel día en que Tomás había hecho traer a su habitación de la iglesia a Eljanán, un niño de apenas cuatro años de edad. ¡Cuántos acontecimientos importantes ocurrieron en el mundo desde aquel entonces y qué cambios se produjeron en la vida del hombre ante el cual el padre Tomás de Maguncia estaba parado sumisamente!

 
Cuando Tomás besó los pies del 
representante del Vaticano no pudo pronunciar ni una sola palabra. Entretanto el Vicario observaba atentamente la figura del hombre que le develaría la incógnita de su origen o, mejor dicho, de quien esperaba obtener alguna información al respecto.

 
En el transcurso de los largos años transcurridos el padre Tomás se convirtió en un anciano. Sobre su pecho se apoyaba reposadamente su luenga barba, blanca como la nieve. Su rostro no tenía nada de extraordinario ni ningún rasgo especial que pudiese, en otras circunstancias despertar el interés del representante del Vaticano. 


-¿Quería usted hablar conmigo, Tomás? -Quebró el 
representante del Vaticano el silencio. 


-¡Sí, Santo Padre! Después de una larga ausencia estuve nuevamente en Bamberg, mi ciudad natal. 

Allí me contó el anciano prior de Sankt jakob qué maravillosa transformación sufrió el destino del niño que entregué a esa iglesia hace veintiséis años.


También me reveló que usted arde de curiosidad por enterarse del secreto de su origen. Me puse entonces en camino hacia Roma con la esperanza de recibir de usted, Santo Padre, una gran recompensa. 

-¡La recibirá! ¡Pero cuente! 


Y Tomás le contó todo al representante del Vaticano, que lo escuchó con gran atención. Le relató acerca de un tal Shimón, el gran rabino - Padre del Vicario, de la criada Margarita que murió enloquecida; de la enfermedad del pequeño niño judío, su conversión al cristianismo y su rapto, hasta que lo trajeron a la iglesia de Barnberg.

El Vicario escuchó todo con la atención concentrada, sin la menor observación ni el más mínimo movimiento. Cuando Tomás hubo terminado su relato, el representante del Vaticano, se sumió en profundas reflexiones. 

-¡Ahá! -exclamó finalmente- ¡Qué clara me resulta ahora mi forma de vida y mi modo de pensar! 

Después se acercó a Tomás y le preguntó con severidad: 


-¿Nunca sintió remordimientos por el rapto? ¿No se arrepintió de haberles quitado al niño, el niño inconsciente, a aquellos a quienes Elohim había destinado? 


-¿Arrepentimiento? -Preguntó Tomás asombrado ¿Arrepentimiento? ¡Usted se mofa de su súbdito y siervo, Santo Padre! ¡Yo lo he sacado del infierno y lo gané para el Cielo ¡Usted ya es un santo! ¡Ahora, mientras está aún en este mundo! ¡Ah! ¡En toda mi vida no he hecho nada mejor!

 
-¡No se puede discutir con un maniático -Se dijo a sí mismo el 
representante del Vaticano, Víctor- ¡Ni siquiera puedo enojarme con él! 


-¡Escuche! -dijo después en voz alta- ¡Lo recompensaré muy bien, pero antes dígame: ¿Además de usted, hay alguien que también conozca mi origen? 


-¡Nadie más que yo! 


-júreme, entonces, que no se lo revelará a nadie! 


Después que Tomás hubo hecho el juramento correspondiente, el representante del Vaticano le hizo pagar una fuerte suma de dinero y le concedió una prebenda en la diócesis de Bamberg, que estaba desocupada.

Tomás besó entonces, muy agradecido, los pies del Vicario y viajó a ocupar su nuevo cargo. 

Desde aquel instante, el Vicario Víctor III, no volvió a tener un minuto de paz.

Lo asaltó un gran nostalgia por sus padres. ¿Pero cómo llegar hasta ellos? 

¿Debía o podía, acaso, abandonar Roma, o tan luego Italia). ¿Y de hacer venir al rabino? ¿no despertaría sospechas? Hacía ya bastante tiempo que muchos interesados investigaban su origen. El mismo se ocupó, sin embargo, de difundir distintos rumores. En uno se decía que era alemán; según otra versión, descendía de una distinguida familia de la nobleza italiana.

¿Acaso no tuvo que evitar, hasta ahora, todo lo que pudiese contribuir a develar el secreto, que era magnificado por la envidia? 

Mas la añoranza por sus padres se hizo cada día más fuerte, hasta el punto de no poder sobrellevarla, casi. Resolvió entonces obligar a la comunidad judía, por medio de una severa y pesada orden, que enviara su rabino a Roma en calidad de mediador ante la corte del Vaticano. 


Pasaron unas cuantas semanas desde que el 
representante del Vaticano había tornado esa determinación. El rabino y los representantes de la comunidad judía de Maguncia habían recibido la orden de a personarse en el palacio del arzobispo. A la hora señalada la delegación judía de Maguncia, encabezada por el rabino Rabí Shimón, se presentó en la sala de recepción del arzobispo.

 
-Debo transmitirles -les dijo el arzobispo, comunicado del Santo Padre de Roma. El Vicario os prohíbe, de ahora en más, observar vuestro sábado, circuncidar a vuestros hijos y hacer- uso de los baños rituales. De no querer aceptar esta orden, el rabino y dos miembros de vuestra comunidad deberán viajar a Roma para demostrar ante el 
representante del Vaticano la necesidad de estos preceptos religiosos. En caso de que envíen ustedes una delegación a Roma, no se hará efectiva la orden del Vicario hasta que vuestros representantes no regresen a Maguncia. 


Los delegados judíos se asustaron mucho al escuchar ese decreto. Al rato, sin embargo, respiraron más aliviados, al notar que había una salida. 


-¡Viajaremos a Roma, señor misericordioso! -Le respondió Rabí Shimón al arzobispo- Confiamos en que Elohim ilumine nuestro camino para que logremos demostrarle al 
representante del Vaticano la santidad y necesidad de éstos, nuestros preceptos.

 
Los representantes de la comunidad israelita de Maguncia o sea, el rabino y dos acompañantes, partieron hacía Roma. 


El corazón del Vicario comenzó a latir con inusitada violencia cuando le anunciaron el arribo de la delegación de la comunidad judía de Maguncia, encabezada por su rabino. 


El Papa recibió a la delegación en presencia de los integrantes más Prominentes de su corte.

 
Cuando Rabí Shimón entró a la sala y vio el rostro del 
representante del Vaticano, que lucía sobre su testa una triple corona, poco faltó para que no se desplomara. Se acordó, de pronto, de aquel sueño en el que se le había mostrado, un cuarto de siglo atrás, el futuro de su hijo extraviado. Logró sosegarse, a pesar de todo, y en el transcurso de una larga exposición de unas dos horas de duración demostró la necesidad e importancia de los preceptos divinos cuyo cumplimiento el Vicario pretendió prohibir a través de un edicto suyo. 


Cuando rabí Shimón finalizó sus palabras, el representante del Vaticano ordenó a su secretario que anulase su edicto y comunicase de inmediato, al respecto, al arzobispo de Maguncia. Después se despidió de los dos acompañantes del rabino y le solicitó a Rabí Shimón que lo acompañase a su despacho privado, donde lo quería consultar respecto a la Cábala.

El rabino siguió al Vicario. Cuando estuvieron en dicho lugar de estudio, Rabí Shimón se sentó en el lugar que le indicó el 
representante del Vaticano,  mientras éste caminaba a lo largo y a lo ancho del recinto.

-¿Su mujer vive todavía, Rabí?

-Vive, misericordioso señor, y espera anhelante mi regreso al hogar. 

-¿Cuántos hijos tiene, Shimón? 

-Tengo cuatro hijos y dos hijas. 

-¿Dónde viven sus hijos? 

-Ieuda, mi hijo mayor, vive en mi casa. Si Elohim no lo dispone de otra manera, será mi reemplazante. Mi segundo hijo, Iosef, es rabino en Metz. 


Meir, mi tercer hijo, es comerciante en París, donde se casó con la hija de un destacado ciudadano judío. Nejemia, mi cuarto hijo, estudia bajo mi supervisión. Mis dos hijas, en cambio, se casaron en Maguncia. 

-Y además de los nombrados, ¡no tiene más hijos? 


-¡Sí! contestó el rabino, suspirando profundamente- Tuve otro hijo. Y he aquí que hoy me pareció verlo con vida, al mirarlo a usted, pues su figura me hizo recordar su carita querida, bondadosa y espiritual.

 
-¿Mi cara? 


-Perdóneme, padre misericordioso, si lo he herido con éstas, mis palabras. 


Pero así sucedió; ante mi alma surgió un sueño, en el que veía a ese hijo mío sentado sobre un trono con una triple corona sobre su cabeza y una gran cruz de oro sobre su pecho. Las personalidades más destacadas del mundo le besan los pies. justamente así lo vi a usted en el día de hoy, misericordioso señor. 

-¿Y qué sucedió con ese hijo suyo? -Desapareció a la edad de cuatro años sin dejar el menor rastro.

 
-¿Y no sabe usted dónde puede hallarse? 

-Se cree que nuestra criada, que murió enloquecida, le debió haber hecho algo, o lo arrojó a las aguas del Rin. -¿Cómo se llamaba ese hijo suyo?

 
-Eljanán. 

-¡Eljanán! -Exclamó el Vicario con gran asombro- Y de pronto su boca pronunció con gran entusiasmo como si sintiese un alivio divino, las palabras: 


-El-janán najalató benóam lehashpar! ¡Padre, padre mío! -siguió exclamando- ¡Yo soy tu Eljanán, tu hijo perdido hace ya tanto tiempo! ¡Oh, déjame reposar en tu pecho paterno!- Sin poder pronunciar ni una palabra más por la emoción que lo embargaba abrazó a su padre reencontrado, Rabí Shimón, y llorando a viva voz cubrió su rostro con cálidos besos. 


Así es el alma judía: aun cuando penetre en otra fe y se aferre a ella, como le sucedió a Eljanán con la religión cristiana durante veintiséis años, y más todavía teniendo en cuenta que fue arrancado del judaísmo cuando tenía apenas cuatro años de edad, ni bien retorna a su memoria algún elemento propicio, resurge con renovadas energías su ligazón con la emunáh (fe) judía.

 
Ambos representantes de la comunidad judía regresaron solos a Maguncia.


Rabí Shimón permaneció en Roma, a pedido del Vicario, para que lo orientase en el estudio de la Cábala. Padre e hijo se reunían a diario y se contaban lo que había acontecido con ellos durante su cuarto de siglo de separación. En estas entrevistas no faltaron las conversaciones sobre temas serios. Todo lo que ardía en el hijo y lo quemaba por dentro era aclarado por el padre con su sabiduría extraordinaria. No en vano lo llamaban "el grande". 

Coexistía en Rabí Shimón, junto a sus profundos y vastos conocimientos, entusiasmo por los mismos ... Esto lo notamos hoy en día, en que nos llegan, en los días más sagrados del año, sus poemas religiosos, que son pronunciados con gran fervor por el pueblo de Israel. Todo esto tenía entonces, al estar junto a su hijo Eljanán, el 
representante del Vaticano, una fuerza duplicada, ya que las palabras del padre eran una fuente viva plena de entusiasmo por su reencuentro con el hijo perdido. 


-Tienes razón, padre, -solía decir Eljanán, y cada conversación finalizaba con la desesperada pregunta -¿Pero qué puedo hacer?- Y el padre permanecía en silencio. 

Hacia ya catorce días que Rabí Shimón se encontraba en Roma. Le contó entonces detalladamente a su hijo el notable sueño cuya primera mitad se había cumplido de modo tan asombroso.

 
-Me has preguntado ya muchas veces -siguió diciendo Rabí Shimón- qué puedes hacer, y hasta el momento no te he dado ninguna respuesta. Ahora, sin embargo, ha llegado el momento de hablar acerca de ello. Y escucha lo que habrás de hacer. ¡Deberás cumplir totalmente ese sueño y llevarlo a cabo hasta el final! ¡Aleja de ti todo este brillo y esta corona -y Elohim te dará, a cambio, una corona más divina! 


- ¡Padre mío! -exclamó Eljanán con temor ¿Qué pretendes de mí? ¿Qué renuncie voluntariamente al éxito que logré con tanto esfuerzo y dedicación, y que descienda del trono más hermoso de la Tierra para vivir nuevamente en el oprobio? ¡Reflexiona padre, acerca del sacrificio que me demandas! 


-¡Claro que lo he pensado! El honor que el hombre logra en este mundo no podrá llevárselo consigo a la tumba. ¡Alguna vez deberás descender de ese trono y tendrás que renunciar a todo ese brillo y oropel! ¡Ah, mi querido hijo, hazlo voluntariamente y rescata lo imperecedero de tu destino, tu parte del otro mundo! Si te dedicases ahora con amor a la religión a la que fuiste llevado por la fuerza si fueses un cristiano creyente, me esforzaría, realmente, por atraerte a la fe de nuestros ancestros. Pero si no lo lograse me vería obligado a abandonarte, aunque con profundo pesar. Pero tú mismo no eres un cristiano creyente y tu permanencia en este alto cargo que ocupas no es más que mentira y engaño; tu corazón y tu fe eran los de un judío aún antes de mi venida hacia ti. Por otra parte no te causará dolor ni a ti, ni a tu espíritu, ni a tu corazón ni a tu mente el hecho de ser arrancado de esas costumbres a las que te habituaste por un fortuito hecho rapaz. Sólo el esplendor aparente, la corona, el brillo, la gloria y el deseo de poder, te mantienen firme en tu posición extraordinaria. ¿Y por esto estás dispuesto a vender no sólo tu alma judía inmortal, sino también tu vida en este mundo, que será para ti un campo de permanentes luchas internas? 


Créeme, mi hijo, que el sacrificio que yo te pido es realmente muy pequeño.

 
Te doy más de lo que te exijo: te ofrezco el amor de los padres y hermanos que no alcanzaste a conocer; te ofrezco el amor de una mujer e hijos, que nunca lograrás conocer aquí; te propongo estudiar la sagrada Toráh de Elohim y cumplir los preceptos que el Altísimo le ha encomendado a Israel, y acerca de los cuales no tienes la menor idea; te ofrezco este mundo y el venidero, que Elohim destinó a los devotos...

 
Rabí Shimón calló; tampoco Eljanán pronunció ni una palabra, sino que midió como mentalmente, la habitación. En su delicado y bello rostro se reflejaban terribles disputas internas. De pronto se quedó parado frente a su padre, su rostro se iluminó y dijo: 


-Tengo una salida, padre, que también te satisfará. Nuestro pueblo judío está esclavizado y es despreciado; clérigos fanáticos incitan al populacho, en muchos lugares, contra nuestros hermanos. ¡Cuán saludablemente podría influir a favor de mis hermanos, al gobernar sobre todo el mundo! desde mi cargo seria útil. -¡Déjame aquí! ¡Quiero consagrar mi propia vida a mis hermanos sin llamar la atención! promulgare edictos del Vaticano a su favor, predicaré fraternidad y tolerancia, y seré una herramienta en mano del Supremo Creador para liberar, a Su Pueblo Israel del yugo agobiador. De regresar con ustedes, ganaríais un solo judío, pero si permaneciese aquí podría convertirme en una bendición para la comunidad judía y, quizás, salvar a miles de judíos.

 
-Tampoco en esto puedo estar de acuerdo contigo, mi hijo, Nuestros sabios enseñan: "No le digas a ninguna persona: peca, para que otro goce del producto de tu pecado". No tienes derecho, hijo mío, de entregar tu alma en beneficio de las almas de tus hermanos. Y tampoco podrás llevar a cabo lo que intentas. 


Deberás librar batallas extraordinarias, serás destituido de tu carro ni bien se advierta que sirves a otros intereses ajenos a aquellos a que tu investidura te exige. Deja en manos de nuestro gran Elohim el futuro de Su pueblo, pues nunca lo abandonará, ni siquiera cuando lo someta a las pruebas más duras.


Tú dices que si regresas a nosotros la judeidad ganará sólo un judío. Y esta ganancia es para nosotros tan valiosa como sostener a todo el mundo. Por intermedio tuyo se salvarán muchos; y siglos más tarde tu actitud servirá de ejemplo para otros. Las generaciones siguientes, nuestros bisnietos, te admirarán y aprenderán de tu ejemplo a honrar y amar a la sagrada fe judía y a sacrificarte por ella, pues habrás demostrado que es más valiosa que la mayor gloria del mundo, que el brillo y esplendor más refulgente con que se revisten las otras religiones. 

¡Vuelve con nosotros, Eljanán! 


¡Regresa a tu Elohim y a tu fe, a tu pueblo y a tu familia, a tus hermanas y hermanos, a tus padres, Eljanán! ¡Oh! ¡Déjame anunciar esta buena nueva a tu madre que llora y se duele por ti, creyendo que no te encuentras más entre los vivos! ¡Concédeme el privilegio de anunciárselo -Eljanán, Eljaiián, Eljaiián! ¡Conviértete de nuevo en Eljanán "El-janán najalató benóam lehashpar!" 
Eljanán se desplomó sobre su silla y se cubrió el rostro con ambas manos.


¡Cuánto tiempo, cuantos años y meses luchó por lo que es y tiene actualmente! Y ahora que lo logró, ¿debe renunciar a todo eso? ¿El, el representante del Vaticano, habituado a gobernar, deberá diluirse entre la gente común, de la cual estaba alejado por haber ascendido tan alto? Nada menos que él, a quien los emperadores y reyes se acercaban con profundo temor reverenciál, debería aprender a tolerar el desprecio de la gente y comenzar a vivir como judío, mientras los hijos de Jakob son en todas partes víctimas del desprecio?

Ya estaba a punto de apartarse de su padre - cuando pronto le acudió a la memoria el recuerdo de aquel momento tan lejano en el tiempo, durante el cual leyó su nombre en el poema religioso de su padre:
 
-"El-naján najalató benóam lehashpar" gritaba todo su ser. 


"D-os concedió, Su gracia a Su herencia con Sus amorosos preceptos para embellecerlo". ¿En qué estriba esta belleza y este amor por el pueblo despreciado, sino en su parte inmortal? 


Y he aquí que dio un respingo, abrazó fuertemente a su padre con ambos brazos y exclamó con voz sonora y entusiasta: 


-¡Padre! ¡Regresaré contigo, padre mío! ¡Haré todo lo que desees! ¡Vuélvete a Maguncia con tu familia, que también es la mía, y anúnciale a mi madre que espere a su hijo! ¡Díselo cuanto antes, padre! 


¡Que deje de llorar de tristeza y que su rostro se cubra de lágrimas de alegría por haber recuperado a su hijo! Retorno a mi pueblo, padre, a mi antigua fe y a mi Elohim, el Señor de Israel! Abandono el más alto honor, el brillo y el gobierno del mundo, pues quiero convertirme en un judío común y ser como mis hermanos, estudiar la ley de Elohim y vivir con ellos! 


¡Quiero ser judío! 


Estas palabras llameantes penetraron el corazón de Rabí Shimón y lo conmovieron, llenándolo de regocijo. Y el padre abrazó nuevamente a su hijo y lo cubrió de besos, como aquel día tan lejano cuando su pequeño Eljanán percibió su nombre en un poema religioso que recién había terminado de crear. De los ojos del anciano comenzaron a derramarse lágrimas cálidas. Eran lágrimas de profunda alegría, de verdadero regocijo celestial, ya que en realidad recién ahora había reencontrado plenamente a su hijo perdido. 

Cuando Rabí Shimón abandonó Roma, los criados del Vicario observaron que su señor se alejaba de ellos cada vez más. Este cambio lo adujeron a la influencia de la Cábala. El representante del Vaticano no hablaba con nadie; estaba todo el día encerrado, en ayunas, en su recinto privado y le pedía a Elohim que le perdonase el pecado que cometiese sin siquiera saberlo. 


El palacio del Vaticano en Roma tenía muchas salidas secretas, cuyas llaves estaban en posesión del Vicario. 


Los Vicarios solían, muchas veces, abandonar su palacio a escondidas para detectar el ánimo de la gente. 


En una lluviosa noche de marzo abandonó Eljanán el palacio para no retornar nunca jamás. 


Con mucho cuidado cerró detrás de sí la salida y tiró la llave a las aguas del río Tíber. Como al representante del Vaticano le informaban siempre cuál era la contraseña de la guardia de la ciudad, logró que le abriesen sin problema las puertas de la ciudad.

 
Y el Vicario Víctor III, el más alto dignatario de la Iglesia, padre de todos los cristianos creyentes, gobernante de reyes y emperadores, príncipes y duques, obispos y arzobispos, emprendió su camino de regreso a la fe de sus ancestros y a la vida de un judío común.

 
¿Intuía, acaso, cómo finalizarían sus días y en qué forma moriría? 


Hasta Boulogne peregrinó a pie. En Boulogne compró un carro con un caballo, contrató un servidor y se dirigió hacia el sur.

 
Al día siguiente esperaron mucho tiempo, en la corte del Vaticano, a que el Vicario saliese de su recinto o llamase a algún criado. Pero fue inútil: ni la puerta se abrió ni nadie fue llamado. Cuando los criados y los cortesanos se hubieron cansado de tanto llamar, forzaron la puerta y para su enorme sorpresa, encontraron la habitación vacía. 


Esta noticia provocó una tremenda conmoción. Algunos sostuvieron que se llevó a cabo un asalto secreto; dedujeron que el Vicario fue raptado por los partidarios del emperador. Otros, en cambio, pensaban que el tan devoto, angelical y apacible Vicario ascendió, aún vivo, al Cielo. Hasta hubo quienes creyeron que el Vicario se había dedicado a la magia negra y fue víctima de ella. 


Pero a nadie se le había ocurrido pensar que el Vicario habla renunciado por su propia voluntad a la majestuosidad de su importante cargo, al poder más grande, a la gloria más elevada, al honor casi divino que todos le dispensaban y a su inagotable riqueza material, para poder vivir, a partir de aquel momento, como un "judío"... "común y corriente"... 

"Aquí está lo que YAHWEH dice: En el tiempo que Yo escoja Yo te responderé; en el día de la salvación Yo te ayudaré. Yo te he preservado, y te he nombrado a ser Pacto para las naciones, para restaurar La Tierra y vuelvas a distribuir sus herencias del desierto, para decir a los prisioneros: ¡Salgan!"
(yeshaYah/Isaías 49: 8-9)